Cuando te enojas, todo pierde sentido. Lo minúsculo repentinamente se convierte en trascendencia palpable. Las tonterías se vuelven tratados universales de vida. Cuando te enojas, las palabras se tornan pesadas y valientes. Adquieren músculos que nunca antes tuvieron. Asestan golpes contundentes e hirientes que no dejan nada igual.
Lo peor viene cuando te enojas y nadie lo sabe. Porque la incomodidad que sientes brota por cada uno de tus poros silenciosamente, exhibiendo en pequeños destellos tu profundo enojo, a veces sobre la persona culpable de tu ira, a veces sobre el más inocente de la foto.
Nunca entiendo cómo te enojas ni cuándo lo haces. Pero de la costumbre, ya no dejas dos marcas en mis pensamientos, sino que simplemente das el mismo golpe en el mismo lugar, y ya.
Eso pasa cuando te enojas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario