lunes, 16 de septiembre de 2013

Madre e hija

"Eso me pasa", pensaba mientras las palabras de su conciencia, con voz maternal, le recordaban lo torpe que había sido por andar de acelerada. Entre estas frases y muchas otras, su cabeza parecía no encontrar paz, por más que apelaba a dulces recuerdos del pasado, como en alguna clase le habían enseñado. Ella no quería lastimarla, ella la amaba, pero no podía dejar de observar en ella algo que no le gustaba, y que en el fondo, odiaba. Lo único que en esta ocasión su madre había hecho era salar la sopa, todo por no poner atención en un momento cualquiera.
Sin embargo, sus discusiones siempre terminaban así, con altas voces, con miradas hostiles, con actitudes de desdén, de desprecio. No por ello dejaban de amarse, pero había un lastre pesado, que de tanto haberse enmarañado con el pasar de los años, no permitía que se amaran como cuando ella había nacido. Julia siempre trataba de regresar a ese momento en sus pensamientos, cuando su vida era un lienzo en blanco, o un trozo de arcilla, esperando a ser pintado, esperando a obtener forma...y su madre, como primer artista destinado por el cielo, sería quien pusiera en ella las primeras bases para que esta obra concibiera el mundo.
Hace algunos años, Julia estaba tan convencida de que el amor que su madre tenía por ella era completamente puro y desinteresado, que sus malas palabras en momentos de ira, o actitudes injustas en medio de muchos afanes, eran algo natural y con lo cuál ella debía lidiar. Las quejas constantes de su madre sobre lo insatisfecha que estaba con la vida, con lo mucho más que su padre podría ser o hacer por ella, con lo infeliz que era (pese a que delante de los ojos de Julia su madre era muy bendecida), se convirtieron en rutina, en un modus operandi, en el pan de cada día. Es más, dentro de toda esta naturalidad, ella asumió muchas de esas actitudes como propias y comenzó a comportarse precisamente como su madre.
Sin embargo, con el paso del tiempo, y recientemente, Julia comprendió que la manera en que su madre vivía no era la mejor. Ella entonces entendió que llegó al hogar de sus padres como última solución previa a una desintegración inminente. Que fue el bote salvavidas de un matrimonio a punto de hundirse. Ella siempre fue amada y deseada, de eso no se pudo quejar, pero más que un ser destinado a vivir una vida propia, como algunos de sus compañeros y mejores amigos, de alguna forma ella se encontró verdaderamente prolongando la existencia de sus padres, y, para restarle presiones, se convirtió en una herramienta utilizada por ellos para mejorar sus vidas. No que esté mal, porque es altamente probable que justamente esa sea la labor de los hijos, o parte de su responsabilidad, pero ella no lo sabía y le estaba costando trabajo asimilarlo.
Dicen que la mente humana tiene a recordar con más facilidad los malos momentos que los buenos, yo creo que es un recurso que Dios nos puso para evitar volvernos a equivocar. Sin embargo, para Julia fue un recurso que le permitió albergar malos recuerdos en contra de su madre. De alguna manera no podía evitar ver, como en una película hecha de retazos fotográficos, las veces que su madre de alguna manera menospreciaba la forma de ser de su padre, ya sea quejándose con ella de él, o imponiendo su voluntad e ignorando la de él delante de ella, diciendo lo poco que él la valora en momentos de desesperación, lo poco que disfruta trabajar (actividad que desde hace más de 30 años llevaba haciendo con él) y lo muy cansada que se siente de la vida que tiene (incluyéndola a ella). Julia siempre se sintió inadecuada para su madre. Ese fue justamente el problema que trajo todo a este punto. Y Julia se fastidió consigo misma al sentirse tan semejante a su madre. Julia no se caía del todo bien y el parecerse a su madre era una de las razones que le hacía sentir eso. O quizás el no caerse demasiado bien y ver lo semejante que era a su madre la hizo enojarse...con su madre.
Ella admiraba tanto a su mamá, la veía como alguien tan fuerte, tan poderoso, tan lleno de virtudes...sin embargo, sus episodios depresivos e irascibles le resultaban incongruentes con todo ese dechado de buenas costumbres. Y por eso Julia había explotado con algo tan insignificante con su mamá. No era que la sopa hubiera quedado salada, no era que la comida se hubiera arruinado, era que sentía que su madre la había ignorado y todos los recuerdos que de alguna forma detonaron junto a este evento.
Julia por fin entendió que ella no se caía tan bien como siempre había creído. Y entendió que el ver lo semejante que era a su madre, dado lo no muy bien que se caía, era la explicación para tanta molestia en contra de ella. Y comprendió que hasta que no solucionara lo primero, no podría lidiar bien con lo segundo. Los hijos no tienen autoridad en el comportamiento de sus padres, sin embargo tienen la capacidad de abogar delante de Dios por ellos en sus malos momentos, y tienen el poder de no ser como ellos si encuentran la raíz por la cuál los malos patrones existen dentro de su hogar, y los erradican; tienen el poder para detener las iniquidades en sus familias, para cesar los malos tratos dentro de sus generaciones, para evitar el ser juzgados por sus hijos como sus padres lo han sido por ellos.
Julia podía encontrar todos los motivos del mundo para no perdonar a su madre, y es posible que dadas las circunstancias, su madre todos los días le podría seguir dando motivos para que no la perdone, sin embargo ya no se trataba de su mamá. No se trataba de eximirla de su lista de deudores, sino del bienestar propio de Julia. Tantos deudores para una vida tan corta sólo podían traer intranquilidad y enojo a su joven alma. Los deudores se convertían en silenciosos castigadores de sus sueños y pensamientos, en pesos muertos para sus grandes metas, para su propósito. Ella tenía que dejarlos y debía perdonarlos las veces que fuera necesario para poder estar bien. Y lo iba  a hacer.

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